Sunday, July 5, 2015

Finalistas


Dos años consecutivos tuvimos la satisfacción de ver a la Selección Argentina acceder a la final de un torneo. El año pasado disputamos el partido decisivo con Alemania, una de las potencias futbolísticas que tiene el planeta, y vieja conocida nuestra a la hora de los choques mundialistas. Los alemanes venían de aplastar con una goleada histórica nada menos que al local Brasil en la semifinal, mientras que nosotros llegábamos a la ansiada final después de haberle ganado a Holanda por penales tras el marcador en blanco al cabo de unos 120 minutos de juego que presenciamos desde nuestras casas con el corazón en la boca. Esa gran diferencia registrada en semifinales hizo de los europeos los unánimes favoritos para quedarse con la Copa del Mundo. Sin embargo, llegada la hora de la verdad, las distancias entre ambas selecciones fueron mínimas. Ganó Alemania gracias a un gol marcado en los instantes finales del segundo tiempo suplementario, en una de las pocas veces que sus jugadores lograron franquear la férrea línea defensiva argentina. Pudo tranquilamente haber ganado nuestro equipo si se hubieran materializado algunas de las claras situaciones de gol que supo generar.

La frustración por ver otras manos levantando esa dorada Copa que por tan poco se nos escapó fue inmensa. No se juega la final de un Mundial así nomás. De hecho, hubo que esperar 24 años para estar ahí nuevamente. Pero la amargura colectiva una vez decretada la derrota estuvo siempre acompañada de una sentida gratitud hacia el equipo que durante un mes nos llenó de ilusiones.

Hoy nos toca revivir lo que se siente perder una final. Claro que no todo es lo mismo que un año atrás. Desde ya, hay enormes distancias jerárquicas entre un Mundial y una Copa América. Por otro lado, no es Sabella sino Martino nuestro D.T., como no es ya Don Julio el presidente de la AFA. Tampoco da igual caer ante una Selección multicampeona como Alemania que hacerlo aunque con el atenuante de los panales ante la chilena, virgen hasta ayer en cuanto a títulos internacionales se refiere. Y sobre todo aflora hoy junto a una tristeza que por supuesto no se compara con la que produce perder la final de una Mundial, la bronca y el reproche hacia los jugadores y el cuerpo técnico encargados de defender nuestros colores. Porque otra de las grandes diferencias entre ambas finales perdidas fue la manera en que se las jugaron. Una con absoluta concetración y entrega, la otra con displicencia, ritmo cansino y falta de convicción.

Chile pudo lo que Alemania no. Dominarnos, marcar su ritmo, llevar el partido hacia donde más le convenía. El duelo táctico fue ganado con claridad por Sampaoli. Los jugadores chilenos superaron en todo a sus rivales, desde el manejo de la pelota hasta el estado físico. Dieron cátedra acerca de cómo se juega una final. Era el partido de sus vidas y ello quedó reflejado en la cancha. Si Argentina ganaba en los penales, la sensación de injusticia, aun para el más fanático hincha de la albiceleste, iba a ser indisimulable, tal como hubiese sucedido si Colombia nos ganaba por igual vía el partido que disputamos en cuartos de final, en el que la superioridad argentina fue completa.
 No se qué partido vio Martino al decir que si hubo un equipo que mereció el triunfo ese fue el suyo. Esperemos que sean sólo declaraciones para salir del paso, de esas tan comunes en las conferencias de prensa. Si fueron sinceras entonces sí deberíamos empezar a preocuparnos. 

¿Y Messi? Lamentablemente otra vez volvió a pasar casi desapercibido cuando más se lo necesitaba. Es el mejor jugador del mundo y probablemente de la historia del fútbol mundial. Lo viene demostrando en su club desde hace ya largos años y asimismo en la Selección, donde ha tenido actuaciones memorables, además de estar a unos cuantos goles de alcanzar el récord de Gabriel Batistuta, que con sus 56 conquistas es el máximo goleador del Seleccionado en toda su historia.
En las grandes citas del Barcelona Messi siempre o casi siempre dice presente. En análogas circunstancias no pasa lo mismo cuando viste la camiseta argentina. Ayer volvió o suceder.


3 comments:

  1. Ya me conocen, soy un convencido de la excluyente importancia que tiene la psicología en todos los órdenes de la vida. El deporte de alto nivel no es la excepción, la angustiante seriedad en la cara de Messi durante el partido, mucho más cerca de estar soportando que disfrutando el acontecimiento, demuestra la falta de una estrategia motivacional o al menos la incapacidad del director técnico para transmitir algo de tranquilidad y confianza a los jugadores. Lo mismo pasó en la final del mundial: la cara de Sabella contagiaba...si, contagiaba pesimismo y amargura, antes, durante y después del match. No entiendo como se les puede escapar algo tan básico a los analistas deportivos.

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  2. Comparto la importancia de la psicología en todos los órdenes de la vida, lo que incluye al deporte. Es un factor importante y a veces decisivo, pero no el único. No creo que el problema pase por la "angustiante seriedad de la cara de Messi". No se puede jugar un partido tan importante con la relajación que se emplea en un picado con los amigos. La tensión en el rostro y en el cuerpo todo es tan inevitable como necesaria, más cuando las cosas no marchan como uno desea. Era tan lógico ver los ceños fruncidos de los nuestros ayer como lo fue su expresión feliz y despreocupada luego del cuarto gol a Paraguay en semifinales.

    Desde el banco chileno, el continuo y característico ir y venir del técnico Sampaoli lo que menos hace es transmitir calma a jugadores y aficionados. Y hoy Chile es un merecido campeón que siempre se mostró superior a sus rivales.

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  3. Qué amargura, hermano.

    A los analistas les pedís mucho. El promedio que le dieron a los jugadores es tres punto cinco. Si la pelota de Higuaín se metía en la red, con el mismo partido estarían hablando de ocho. Así es el fútbol. Personalmente, me duele por Messi más que nada. Y lo correría a Martino y lo llamo ya mismo al Cholo Simeone. No pueden haber llamado a un técnico luego de perder todo en un equipo que lo ganó todo antes de él. Martino es un perdedor. Un perdedor sin personalidad.

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